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Haití: el
infierno de este mundo (XV)
Hoy no puedo
hablar de calamidades. Haberme
encontrado con niños como Richardo y sus
dos amigos, los hermanos Mario y
Waguener, borró, por algunos instantes,
cualquier tragedia vivida durante estos
24 días en el infierno de este mundo.
Era sábado,
regresaban de la iglesia, y una multitud
los atrajo hasta la arboleda de mangos
donde se montaba el hospital de campaña
cubano de Arcahaie. Parecían hombrecitos
en miniaturas. Lucían pantalones con
pinzas, camisas de mangas largas y
zapatos muy usados pero lustrosos. Mario
traía un saco y una corbata color
marrón. Venían tomados de las manos,
pues como dice Richardo durante años han
sido muy buenos amigos.
Richardo vive
desde hace algún tiempo con sus dos
hermanas y su papá en República
Dominicana, por eso domina el español,
aunque a veces se sorprende y se queda
mirándonos cuando conversamos, porque
dice que los cubanos hablamos muy
rápido. Nos auxilia para entendernos,
también, con Mario y Waguener. Por él
supimos que sus dos amigos perdieron al
padre en un accidente y ahora ayudan a
su "mai" a ganar dinero. Estos dos
pequeños, que hicieron de la ternura sus
caras, no van a la escuela, pues el
sismo derrumbó sus aulas, por eso ayudan
en la casa a cocinar, lavar y limpiar.
De vez en cuando van con su madre a
vender al mercado.
A Richardo, su
mamá, que vive en Arcahaie, lo extrañaba
mucho y le pidió que viniera unos días
de República Dominicana para verla. Allí
estaba cuando la tierra se sacudió, dice
que jugaba al fútbol en la calle y que
se sentó en un bloque cuando todo empezó
a temblar. A los suyos, gracias a Dios,
nada les pasó, dice.
Cuenta Richardo
que hoy en la iglesia le hablaron del
terremoto. De inmediato, y como para
provocarlo, le digo que había dejado su
Biblia regada en el carro. Ni corto, ni
perezoso, dispara: "No diga eso que esta
es mi arma". Y empieza a contarnos
entonces que en Arcahaie se tejió la
bandera haitiana, fue la señora
Catherine Flon, luego de que Dessalines
le quitara el color blanco y le dejara
solo el rojo y el azul. Y tú, cómo sabes
todo eso, le pregunto. "Lo aprendí en la
escuela, dicen mis amigos que soy
inteligente".
Ciertamente
Richardo es muy avispado, confiesa que
quiere ser médico cuando sea grande.
Ojalá lo logre, por lo pronto le
aconsejamos acercarse a los doctores del
hospital de campaña, quién sabe si desde
ya pueda ir aprendiendo. Mientras, Mario
y Waguener se agarran de mis manos, al
parecer para cuidarme, cuando bajamos en
unos de los parques de Arcahaie. A
través de Richardo, supe que Mario
quería saber si este era mi pelo de
verdad, le digo que sí, y entonces me
pasa la mano por la cabeza.
Benditos niños
que hacen olvidar los horrores del
infierno.
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